Torre de Don Lucas

La Torre de Don Lucas es una antigua fortificación situada a medio camino entre La Victoria y la Aldea Quintana (La Carlota). Se erige sobre una elevación del terreno aparentemente poco importante, si bien su posición estratégica permite dominar el valle del arroyo Guadalmazán y otras vías de comunicación de cierta relevancia, ya desde la antigüedad. Recibe este nombre al menos desde la conquista cristiana de la campiña, en el año 1241. A lo largo de su historia han sido varios los intentos por modificar la toponimia de la torre, como así lo atestiguan las dos inscripciones. Estas las podemos observar en el muro meridional de la misma, en las que se intenta convertir la torre en ermita de culto mariano, ambas están fechadas en 1834.

La construcción de esta estructura defensiva se atribuye a época andalusí, vinculada a la presencia de una alquería, que eran núcleos de población rurales. Servía para advertir a los habitantes de la aldea y que pudieran refugiarse ante ataques de tropas enemigas u otros peligros.

Desde un punto de vista arquitectónico la torre alcanza los trece metros de altura y posee una planta rectangular. Culmina en una terraza rodeada por un parapeto formado por pretil y merlones. La estructura interior se divide en tres plantas, comunicadas las dos últimas entre sí por una escalera. Cuando se construyó el acceso a la misma se efectuaba mediante una escalera portátil a través de la primera planta, por el centro de la bóveda. En el caso de la planta baja seguramente se empleaba como almacén. En el exterior podemos observar un pequeño camarín que alberga una pequeña talla de la Virgen de la Inmaculada.

Durante cerca de trescientos años estuvo vinculada esta fortaleza a la familia de los Ríos. Posteriormente, uno de los señores de Torre de Don Lucas, emparentado con los Venegas, dividió su heredamiento entre sus cuatro hijos, correspondiendo la torre a la única hembra de ellos, religiosa profesa en el Convento de la Concepción de Córdoba, a cuya casa entregó su herencia como dote. Al pasar esta heredad a dicho convento, éste mandó entronizar la imagen de la Inmaculada en una de las antiguas aspilleras del bastión, convertida para este fin en camarín, donde aún permanece.

Como escribió Luis María Ramírez de las Casa-Deza “en la villa está la atalaya llamada Torre de Don Lucas, en la cual encienden faroles por la noche y sirve como faro a los que transitan por aquellos parajes, y en ella se encuentra la fuente de la que se surte la población”.

 

Casa capilla de los Monjes Mínimos

La Victoria Vieja, esto es, la “heredad”, con “casas, bodega, lagar, pila e tinajas, viñas e arboles” y “con todo lo que le pertenece”, que el 21 de noviembre de 1551 compró al curtidor Alonso de Hillón y a su mujer, Isabel Rodríguez, fray Andrés de Santa María para donarla poco después, el 26 de enero de 1552, a los Mínimos o frailes de San Francisco de Paula del Convento de Nuestra Señora de la Victoria de Córdoba.

En la citada “heredad” los Mínimos construyeron un oratorio, cuya existencia tenemos ampliamente documentada, al menos en lo que al siglo XVIII respecta: en él se casaron muchos de los antepasados que, en su mayor parte, vivían en humildes y aisladas “casas de campocubiertas de paja” o de “rama”, como se les denomina en el catastro del Marqués de la Ensenada realizado a mediados de la citada centuria. Junto a la misma finca había también un cementerio. Pero, aunque se desposaran o inhumaran en “La Victoria Vieja”, su boda o entierro eran inscritos, como puede comprobarse, en los libros parroquiales de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de La Rambla. En suma, “La Victoria Vieja” era una ermita más de nuestra “metrópoli”, pero no tenía la condición de parroquia.

Iglesia San Pedro Alcántara

La Iglesia de San Pedro de Alcántara, fue edificada en terrenos de propiedad de la Orden de San Francisco de Paula en 1818. El 30 de agosto de este año se celebró en el recién construido recinto sagrado la Santa Pastoral Visita del obispo Pedro Antonio de Trevilla. El 1 de octubre del mismo año, en agradecimiento por la construcción de la nueva iglesia, fray José Antonio Valenzuela pidió al prelado que pudieran poner el templo bajo la advocación de un santo franciscano con su mismo nombre: San Pedro Alcántara.

En la parte superior del Altar Mayor de la recién construida iglesia se colocó un enorme lienzo con la imagen del santo extremeño fundador de la orden alcantarina.

En principio fue una nave pequeña, sencilla abovedada, que se fue haciendo insuficiente a través de los años por el constante aumento de la población. Por este motivo en la década de 1950-60 se hizo una notable ampliación.

La portada de la iglesia se abre a una magnifica porticada formada por cinco arcos frontales y dos laterales, hechos de mampostería.

El campanario es del estilo conocido por espadaña. Tiene dos campanas, vulgarmente conocidas por “la chica” y “la gorda” y en la parte más elevada se encuentra el viejo campanil que estuvo en la torre de capilla de los frailes mínimos, a la que la gente da el apelativo de “Periquillo”.

Toro de Riaza y Piedra del Trueno

El toro de Riaza fue hallado el octubre de 1973 . Se trata de una escultura en forma de toro de “Arte ibérico». El descubrimiento de esta pieza arqueológica se debió a tres labradores, que realizaban un fondeo en su finca. El raro ejemplar esta realizado en piedra blanca, de grano fino, fácil de labrar, conocida con el nombre de “sepia”, y mide aproximadamente metro y cuarto de largo por unos 90 cm de alto, incluido el basamento. Aparece echado sobre sus cuatro patas, con la cola arqueada y pegada sobre el lomo. Fue donado al Museo Arqueológico de Córdoba, donde se encuentra actualmente.

En este emplazamiento geográfico también fue hallada la Piedra del Trueno, que por su forma y tamaño se piensa que este curioso ejemplar lítico era parte de vestigios prehistóricos que permanecieron largo tiempo sobre el territorio, hipótesis que tomo más auge al encontrarse el Toro de Riaza en las inmediaciones. Se piensa que esta roca debió ser un hito, o menhir, colocado junto al camino que recorrían las gentes para llevar sus difuntos al paraje de Riaza, donde le daban sepultura.

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